Nacionalismo, conservadurismo, progresismo, y por qué radical y extremista no son lo mismo
Segunda entrega del glosario político. Nacionalismo, conservadurismo, progresismo, y por qué radical y extremista no son la misma palabra. Con fuentes académicas e institucionales.
Cinco términos políticos cubrió populismo, tecnocracia, centrismo, socialdemocracia y liberalismo. Quedan otras cuatro palabras igual de habituales y con el mismo problema: se dan por entendidas y casi nunca se definen. Esta segunda entrega sigue la misma regla que la primera — descripción, no juicio, cada afirmación con la fuente académica o institucional que la sostiene, y ningún partido etiquetado desde aquí.
Nacionalismo
El nacionalismo es la idea de que la nación —un grupo humano que se reconoce como comunidad propia— debería coincidir con el Estado que la gobierna: cada nación, su propio Estado, y cada Estado, al servicio de su nación.
La ciencia política lleva décadas distinguiendo dos formas de responder a la pregunta de qué hace a alguien miembro de esa comunidad. El historiador Hans Kohn planteó en 1944 una dicotomía que sigue citándose hoy, aunque también discutida y matizada por trabajo posterior: un nacionalismo cívico, donde pertenecer a la nación es una cuestión de vivir bajo las mismas leyes y aceptar los mismos valores políticos, algo que se elige; y un nacionalismo étnico, donde pertenecer es cuestión de ascendencia, lengua o cultura compartidas, algo que se hereda (reseña de la dicotomía de Kohn en Nations and Nationalism).
Los dos textos que suelen citarse como origen de cada versión son casi contemporáneos y vienen de lados opuestos del Rin. Ernest Renan, en una conferencia en la Sorbona el 11 de marzo de 1882 titulada ¿Qué es una nación?, rechazó explícitamente la raza, la lengua o la religión como fundamento y definió la nación como "un plebiscito de todos los días": una comunidad que existe porque sus miembros deciden, día a día, seguir viviendo juntos (texto de la conferencia). Johann Gottlieb Fichte, en sus Discursos a la nación alemana, pronunciados en el Berlín ocupado por Napoleón durante el invierno de 1807-1808, situó en cambio la lengua y el origen común como el vínculo que define a un pueblo. Conviene decirlo con matiz: hay debate académico sobre si leer a Fichte solo como nacionalismo étnico es exacto, porque el propio texto insiste en que lo que comparten los alemanes es una actitud moral, no un linaje superior (discusión de esa lectura). Aun con ese matiz, el contraste Renan-Fichte es el que la disciplina sigue usando como ilustración de las dos maneras de plantear qué ata a una nación.
Conservadurismo
El texto que la historia de las ideas señala como fundacional del conservadurismo moderno es Reflexiones sobre la Revolución en Francia, el panfleto que Edmund Burke publicó en noviembre de 1790, todavía en los primeros meses de la Revolución Francesa. Su argumento central no es una defensa de que todo permanezca igual, sino escepticismo ante el cambio diseñado desde cero a partir de principios abstractos: para Burke, una sociedad es una herencia acumulada de generaciones, y reformarla exige partir de esa herencia y de la experiencia práctica, no borrarla y sustituirla por un plano racional nuevo (resumen de la obra y su lugar en la historia de las ideas).
La palabra "conservador" como nombre de partido tiene una fecha concreta. En diciembre de 1834, Robert Peel publicó el Manifiesto de Tamworth, dirigido a los electores de esa localidad inglesa antes de las elecciones de 1835. A partir de ahí, sus seguidores empezaron a llamarse a sí mismos "conservadores" en vez de "tories" — el manifiesto acepta que la Ley de Reforma de 1832 no tiene marcha atrás y propone corregir abusos concretos sin deshacer el sistema, y se considera el acta fundacional del Partido Conservador británico tal como existe hoy (Tamworth Manifesto, Encyclopaedia Britannica). Como con "socialdemócrata" en la primera entrega de este glosario, no es una etiqueta puesta desde fuera: es el nombre que el propio partido eligió para sí.
Progresismo
El progresismo parte de la idea contraria a la desconfianza de Burke ante el cambio: que las instituciones se pueden y se deben reformar de forma deliberada para corregir problemas sociales y económicos concretos, normalmente ampliando derechos o regulación.
El caso histórico mejor documentado de una fuerza política que adoptó el nombre para sí misma es la Era Progresista de Estados Unidos, entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX. Theodore Roosevelt fundó en agosto de 1912 el Partido Progresista —conocido como "Bull Moose"— tras romper con el Partido Republicano, con una plataforma de control de los grandes monopolios y reforma fiscal (resumen de la era progresista, Encyclopaedia Britannica). Su sucesor en la presidencia, Woodrow Wilson, llevó al gobierno federal reformas del mismo signo —entre ellas la creación del impuesto federal sobre la renta— sin pertenecer a ese partido, lo que ilustra algo que se repite con "progresista" más que con otras palabras de esta lista: se usa tanto como nombre propio de una organización concreta como para describir una orientación de reforma compartida por partidos distintos.
Radical y extremista no son la misma palabra
Estas dos palabras se usan a menudo como sinónimos y no lo son en ciencia política, ni en el uso que les da al menos una institución pública que tiene que aplicar la distinción en la práctica.
El politólogo Cas Mudde, cuya definición de populismo ya apareció en la primera entrega de este glosario, traza la frontera por su relación con la democracia: un partido o movimiento radical puede rechazar elementos de la democracia liberal —derechos de las minorías, el Estado de derecho, la separación de poderes— sin dejar de aceptar el principio democrático de que el poder se decide en elecciones; un partido o movimiento extremista rechaza la propia democracia, es decir, la soberanía popular y el gobierno de la mayoría como forma legítima de decidir (resumen de la distinción, ECPS Populism Studies).
Alemania convirtió esa misma distinción en un criterio legal que su servicio de protección de la Constitución, la Oficina Federal para la Protección de la Constitución (Bundesamt für Verfassungsschutz), tiene que aplicar caso por caso. Según su propio glosario oficial, "extremismo" designa a quienes pretenden eliminar el orden fundamental democrático y liberal (freiheitliche demokratische Grundordnung) — un núcleo mínimo de principios que incluye elecciones libres, el Estado de derecho y el derecho a formar y ejercer una oposición parlamentaria (glosario oficial, Bundesamt für Verfassungsschutz). La propia agencia federal alemana de educación cívica (Bundeszentrale für politische Bildung) resume la frontera práctica: sostener que la democracia es la forma de Estado equivocada es una opinión protegida por la libertad de expresión, y ser "radical" no basta para activar ninguna medida; la vigilancia empieza cuando esa opinión se convierte en un esfuerzo activo contra ese orden constitucional mínimo (explicación de la frontera entre extremismo, radicalismo y radicalización).
La consecuencia práctica: llamar "extremista" a una posición solo porque es minoritaria o incómoda no es lo que dice ninguna de las dos definiciones de arriba. Lo que las distingue de "radical" no es lo lejos que está una idea del centro del debate, sino si acepta o rechaza el principio de que el poder se decide contando votos.
Ninguno de estos cuatro términos —como tampoco los cinco de la primera entrega— describe una posición fija en una sola línea. Es la misma razón por la que Politizz no reduce a nadie a una palabra: sitúa cada postura en dos ejes, económico y social, calculados a partir de programas y votaciones reales, y deja ver en qué cuadrante cae cada quien sin necesitar ninguna de las etiquetas de esta lista.
Sitúate sin necesitar ninguna de estas palabras
Nada de "eres nacionalista" o "eres progresista": doce afirmaciones concretas y un punto en dos ejes, económico y social.
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